domingo, agosto 19, 2012

Siempre están ahí

Están ahí
mirando, distrayendo
poniéndome tontamente en evidencia
inquietando mis ojos cuando te hablo
poniendo mi alma temblorosa
o ellos, o tus ojos, o tus caderas, o tu boca

Tu sigues hablando
Y ellos, señalan el descanso que quieren en mi pecho
cuando quieren refugio
o la batalla del día ha sido declarada en empate

Cálidos, y observantes
trastocando mis palabras
suaves, hermosos, redondos
con las cualidades que me gustan:
lindos, grandes y míos.

Me distraen
y te burlas de lo fácil que me dominas
de como tu león se convierte en gatito
llevan años así y no han perdido el poder ejercen

Están ahí, siempre están ahí
guardando tu corazón
con redondeces que obsesionan mis manos
en las cuales mi iris e intelecto no descansan

Están ahí guardando con suave piel
y pezones de galleta de mantequilla
los latidos de la mujer que amo
y que de su pecho siento
cuando la estrecho contra el mio

sábado, junio 16, 2012

Cuento: Aura

Aura había llegado a la naciente ciudad a probar suerte junto con su amiga Miryam. Se habían hecho amigas de un cantinero que aunque las cuidaba como a sus hijas, no las miraba como tal. Ellas atendían de cinco de la tarde hasta entrada la madrugada o hasta que la suerte y la urgencia hacía que un navegante o comerciante de turno se las llevara a pasar la noche en las residencias que quedaban cerca al cuarto que ambas le tenían arrendado a Juan el cantinero.

Habían noches sin movimiento, sin dinero, y otras donde el licor y la juerga hacían que irrespetaran la casa de Juan, y los excesos provocaban que la abuela que allí vivía (y que todo lo había visto y sufrido en la vida)  las echara a ellas y a sus acompañantes a escobazos y valdados de orines que quizas fueron  recogidos durante varios días para estas ocasiones especiales - como ella lo decía -.

De Aura se enamoró Roberto Saldarriaga, hombre apuesto de excelente ADN o alcurnia como le decían en esos tiempos, hijo menor de los Saldarriagas, dueños de media región y de los  negocios más importantes: droguerías, distribuidoras, flota de buses, cantinas, y que en las fechas importantes patrocinaban a la alcaldía y a la parroquia para que ambos se hicieran los de la vista gorda con sus desmanes y pecados.

Roberto, era hombre solitario y mujeriego, que le gustaba beber hasta que era recogido por los capataces de la finca a las nueve de la mañana del día siguiente, no había novia que resistiera tales comportamientos y ritmo de vida; el dinero no se le acababa por más que tratara de malgastarlo. La belleza y encanto de Aura hizo que este hombre se enamorara perdidamente de ella y prometiera sacarla da esa vida que ella tenía, aunque seguía tomando whisky en la cantina de Juan, como si fuera agua de grifo; a Roberto no se le volvió a ver nunca más con mujer alguna, que no fuera la mala compañía de Aura.

A los meses de conocerse Roberto y Aura se casan bajo la desaprobación de toda la familia y con la certeza de que este hombre que a sus 29 años parecía que había vivido el doble, se había casado con la que logró ser poco tiempo atrás la novia y confidente de más de la mitad de los hombres en edad de merecer de aquella palpitante ciudad.

Se fueron a vivir a la hacienda "La Hermosa" situada a 20 minutos en carro del centro principal; en ella se encontraba celosamente cuidada una lujosa jaula de pájaros ornamentales situada en el centro del patio interno principal. La enorme jaula tenía los barrotes de bambú finamente pintados de colores, y los pájaros encerrados iban desde los sinsontes, guacamayas, periquitos, hasta canarios traídos de diferentes regiones del país y del trópico, se calculaba que el valor de los exóticos pájaros era superior al de doscientas cabezas del mejor ganado. Este era el único hobby y la obsesión de este hombre, solo se le conocían dos amores más, el profesado por Aura y el whisky.

Al inicio fueron muy felices, pero lo que en un comienzo a los ojos de Aura eran los más exquisitos cuidados, terminaron siendo comportamientos enfermizos y de un hombre avaro, controlador y autoritario. El, revolver en mano y capataz al lado le decía: "Esto es lo que vas a vestir hoy, y esto es lo que vas a comer hoy" - pues le dejaba arreglada la ropa que se iba a poner y contadas las papas, plátanos, carne, verduras, granos y medida el agua con la que iba a cocinar y la que iba a beber durante el día, y al despedirse tocando su arma decía en tono tranquilo: "y no quiero que salgas más allá de la portada de la hacienda".

Los hijos llegaron y  todos fueron bautizados con nombres que comenzaban con la letra dobleu "w": Walter, Wilson (los mayores, pues se llevaban 10 meses entre sí), y William nacido 2 años más tarde, pero la costumbre de dejar medido todo y no dejar salir a nadie no cambió.

Yo iba y visitaba a mi amiguito William pues mi mamá había sido la gran compañera y pañuelo de lágrimas de Aura, además el y yo solo nos llevábamos 5 días de diferencia, jugábamos a ver quien tiraba las piedras más lejos apuntando a las portadas, o quien atinaba a las vacas, perros, gallina o cuanto animal se moviera.

Nunca pude entrar, mi mamá y yo solo hablábamos con ellos en la portada y Aura gritaba cosas hacia el interior de la casa a los otros hermanos. Adentro no faltaba nada, cosa que siempre Aura le recalcaba en todas las conversaciones a mi madre.

Luego de varias semanas sin visitar a William y a Aura, pregunté a mi mamá por ellos y ella me contestó: "Solo sé que abandonó todo, abrió la jaula, espantó a los pájaros y se marchó mani-vacía, dejando atrás marido, hijos, jaula desolada y hacienda, y esta es la hora que no sé nada de ella."

viernes, junio 15, 2012

Cuento:10 minutos antes

Habíamos logrado detectar la llegada muerte 10 minutos antes, nuestros pacientes terminales eran mantenidos clínicamente con su mente en blanco hasta esos momentos previos.

Les retirábamos la visita de sus parientes y toda la asistencia médica era proporcionada por pequeños robots especializados, pero su geometría y color era muy básica, de forma que en caso de que el paciente abriera los ojos, los objetos que viera fuera lo más parecido a una imagen plana de color blanco y no lograra   reconocer en que lugar se encontraba ni que lo rodeaba.

Este procedimiento solo era informado a los familiares o responsables del paciente que considerábamos en junta médica que era controlable esa entrada en el proceso de la muerte, de igual forma era mantenido este procedimiento en confidencia y secreto dentro de los hospitales, pues con el juramento hipocrático y el sensor puesto en el hipotálamo que monitorea el proceso de creación de ideas, reprimimos al personal médico que tenga la más mínima tentación de comunicar este crucial secreto.

El detector de ideas es una máquina simple que habría descubierto un médico por accidente en los inicios de la década pasada cuando buscaba la forma controlar el hambre y la ansiedad, y detecto que de una zona invisible pero localizable desde diferentes ángulos se enviaban pequeños haces de luz que variaban de acuerdo a las emociones y acciones de individuo. Fue cuestión de poco tiempo descifrar el código y comprender que allí era el lugar desde donde se comunicaba la zona invisible con la visible del cuerpo.

Detectados los 10 minutos, se infundía la imagen en el centro de creación de ideas del futuro difunto con una edad de 3 meses siendo amamantado por su madre, en un campo verde y el viento fresco soplando. De esta manera lográbamos acabar con la agitación previa mientras realizábamos la recuperación del 90% de órganos útiles con el paciente vivo y efectuando exitosos trasplantes con bajo nivel de rechazo.

lunes, febrero 06, 2012

Me pareció verte

Me pareció verte
llena de vida
transpirando amor por mis jardines

Traías el pelo ondulado y suelto
secuenciabas las promesas cumplidas
una tras otra
suavemente las ibas  pronunciando

Canela eran tus pisadas
de pestañas largas
tus ojos escudriñando

De Edén cubrías mi inocencia
que tantos pecados ya habían profanado
Curabas con vida
mi pérfida existencia
que de contar los días iguales se había cansado

Me pareció
verte mi amor
tal y como ahora te tengo
presente y no distante
besando a caricias este Edén olvidado





De frente (cuento)

Me gusta ver como a lo lejos los aviones al igual que los gallinazos caen hacia su presa, en el día puntos brillantes que llegan a gravitar en mi frente-occidente lejano, o en las noches luces que centellean alrededor del aeropuerto hasta desaparecerse en los puntos blancos, amarillos y naranjas de la plana cuidad.

Unos parten hacia el norte, sur o al occidente, pero muy pocos hacia este oriente de la metropoli, cuando se acercan el rugir inconstante de los motores surcan con fuerza el cielo y logran despertarme de mi sueño, imagino de todo: el madrugar de los pilotos y azafatas, las carreras y enfados de los pasajeros, el trasnochar de los mecánicos, la vida incansable de esos mini-pueblos donde aterrizan, la fuerza con que los motores desgarran el aire, y las aves migratorias mueren en sus fauces.

Pasan cerca de mi edificio, tanto que logro distinguir sus colores institucionales y otras veces solo dejan ver su panza lejana y plateada.

Sus luces me hipnotizan, paso horas mirándolos en la noche, relajándome, con la mente en blanco, o la mente en lleno, resolviendo, reteniendo, liberando, soltando, dejando ir el tiempo que me robaban las imágenes y tanta conectividad enfermiza. Este que se acerca es de una luz grande y blanca, creciente y rugiente, en ambos lados las luces de las alas, y su voz gruesa grita con rabia hacia la gravedad que se niega a dejarlo escapar, se acerca y su fuerza me hiela, se acerca y cierro mis ojos y noto que aunque trate de huir, de su encuentro no podré escapar.